Las vacaciones

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Las vacaciones son el tiempo del descanso, el tiempo de olvidar los quehaceres cotidianos, de lanzarse a la aventura aunque sea tendido en unsofá con un buen libro en la mano. Las vacaciones y los libros siempre han estado unidos en mi caso particular:

Ivanhoe. Lo viví con entusiasmo a los diez años durante un verano en mi casa del altiplano granadino, sentado a horcajadas en las ramas del almendro de la puerta de la casa de mis abuelos. Tenían que llamarme para ir a comer porque se me iban las horas muertas. Fue mi primer libro de aventuras.

El Quijote. Leí una versión adaptada a los once o doce años en el cortijo de mis abuelos maternos. Me marchaba a un lugar recóndito donde no me molestara nadie y a la sombra de una encina centenaria léía con placer las aventuras y desventuras del caballero de la Triste Figura y su escudero.

Rabos de lagartija de Juan Marsé. Este libro siempre me recuerda mi primer contacto con las Islas Canarias, en Tenerife. Me trae a la mente las imágenes del drago milenario de Icod de los Vinos, las cumbres del Teide vistas desde la roca que salía en los billetes de veinte duros o del formidable acantilado de los Gigantes.

La sonrisa etrusca.Unas vacaciones en Almería:playa del Zapillo, leche merengada por las noches en la plaza de Manolo Escobar, cine de verano con sesiones dobles, medias lunas de merengue en la pastelería la India, sobremesa jugando una partida de cartas,…

La Isla de los dragones dormidos.Aquí me veo releyendo con placer un manuscrito en las costas de Lanzarote rodeado de toda mi familia, en una semana santa de hace pocos años.

Un buen libro es siempre un placer y además, cuando lo tomas de nuevo de la estantería,al  acariciar la portada, te trae a la memoria los perfumes y paisajes de dónde lo leiste por primera vez.

José Lozano Cantón

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Un domingo lluvioso

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Hoy ha amanecido un día gris y lluvioso. La lluvia cae mansamente sobre el tejado, la oigo repiquetear sobre los hierros de la baranda e imagino como se desliza por el balcón y cae sobre la acera.Me dejo mecer por su rumor  y perezosamente me doy la vuelta y meto los brazos bajo las sábanas.”Hoy es domingo, no hay que madrugar” me digo, e intento dormir otro rato. Cierro los ojos y mi mente viaja muy lejos, a otra lluvia y a otro tiempo.

Estoy en El Pajarillo con mis tíos y mi hermano,ha dejado de llover y el sol se cuela débilmente entre los pinos.El olor a tierra mojada se mezcla con los aromas que desprenden el romero y el tomillo.Algunas abejas comienzan a zumbar a nuestro alrededor libando entre las flores de las aulagas y de la jara.

_Antes de comenzar a buscar caracoles comeremos un poco_ dice mi tío Diego.

Acerca la barja hacia sí y le desabrocha las correas. Saca la fiambrera  y el pan, que colocamos sobre una mesa improvisada con una losa caliza grande y cuatro piedras redondas más pequeñas que hacen de patas. Parte cinco rebanadas del medio pan que se horneó ayer y que huele todavía a cenizas y a horno. Abre la fiambrera y con la punta de la navaja va pinchando trozos de chorizo y morcilla que nosotros colocamos sobre la rebanada sujetándolos con un trozo de corteza pequeño.Abre la bota y saborea un buen trago de vino tinto de las Alpujarras que mi abuelo tiene guardado en un pellejo de cabra, que hace las veces de tonel.

-Dale un tiento tú también, si ya tienes edad para hacer las faenas con nosotros, también puedes beber de la bota conmigo- me dice mi tío Diego mirándome entre serio y divertido

Bebo un buen trago y noto el calorcillo que me baja hasta el estómago. Le paso de nuevo la bota. Él la  hace circular entre los demás que formamos el corro, excepto por mi hermano que todavía es pequeño.El sol ha abandonado su timidez y reina en un cielo azul intenso recién lavado,las agujas de los pinos esparcen las últimas gotas de lluvia movidas por un tenue vientecillo. Terminamos de comer, cerramos la barja y junto con la chaquetas y los impermeables la guardamos en el chozo de los pastores. Provistos de una vara, vamos recorriendo las peñas y recogiendo los caracoles blancos de carne rosada que se mueven despacio sobre la roca caliza, al pie de tomillos,aulagas,jaras y romero.

Miro el despertador, son las nueve de la mañana y tengo hambre.Me desperezo, me visto y bajo al baño de la planta de abajo. Al pasar por la puerta  que da al jardín veo un caracol murgao que camina tranquilmente entre las gotas de lluvia de los cristales. Sonrío y me marcho a lavarme la cara.

José Lozano Cantón

 

 

 

 

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VALDEPEÑAS, DIEZ MINUTOS

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Corría el año del señor de 1966 y yo contaba  catorce años. Era un chicarrón alto, de unos setenta y cinco kilos de peso y no mal parecido. Sobre el labio superior ya me sombreaba el bigote y la cara simulaba la piel de los membrillos en otoño,llena de un profuso vello que aún no sabía que hacer con él.

Eran los  comienzos del verano y mi padre había decidido que él y yo nos acercáramos a Beniganim a visitar a mis tíos y de paso a tratar de buscar algún trabajo para mí, recogiendo o envasando naranjas. El dinerillo me vendría bien en los meses invernales de instituto.

Salimos de Guadix por la tarde, en el Catalán, un tren arrastrado por una locomotora de vapor hasta Baeza dónde, tras esperar casi una hora, se renaudaba el viaje, tirando ahora de nuestros vagones de tercera una locomotora diésel.

Partimos de Baeza ya de noche. Compartíamos el apartamento con dos soldados que volvían de permiso, regresaban a Madrid y se apearían en Alcázar de San Juan. Los otros dos viajeros eran un matrimonio que se quedaba también en Játiva.

Después de comer el bocadillo que me había preparado mi madre me salí al pasillo, miraba por la ventanilla y contemplaba el vasto horizonte manchego, salpicado en la lejanía de numerosos pueblos, ya con las luces encendidas. A los pocos minutos, una chica, más o menos de mi edad, también salió al pasillo. No sé como, pero enseguida comenzamos a hablar y a comentar lo que veíamos y así fuimos matando el tiempo.

Al parar en Valdepeñas sonó por los altavoces de la estación el consabido: “Valdeeeepeeñas….. dieeez… minutos”.Bajaron algunos viajeros y subieron dos soldados con sus petates.”Navajas de Albacete”, “manoletes y cuñas de chocolate”, voceaban los vendedores en el andén, a pesar de lo avanzado de la hora. Compré una cuña y mi compañera de pasillo un manolete, que compartimos.

Antes de llegar a Alcázar de San Juan nos recluimos ambos en nuestros respectivos apartamentos y me quedé dormido, hasta que mi padre me avisó, ya de madrugada, porque estábamos llegando a Játiva.

Nos bajamos del tren, hacía fresco, el reloj de la estación marcaba casi las cuatro de la madrugada, me dolía el cuello por dormir en mala postura, tenía el cuerpo destemplado y estaba frito de sueño. Entramos en una oscura y solitaria sala de espera, me tendí en un banco de madera y me puse la bolsa de viaje como almohada.Mi padre me volvió a despertar con las primeras luces del día para coger el cercanías que nos llevaría hasta Beniganim.

Esta pasada Semana Santa de 2016 he vuelto a la estación de Valdepeñas, llevando dormida en su carrito a mi nieta pequeña.¡Cincuenta años, cómo corre el tiempo! Sin saber por qué recordé aquel viaje. Paseando por el andén resonó en mi memoria aquel soniquete de los altavoces de otro tiempo, ya muy lejano.

José Lozano Cantón

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ANTONIO MACHADO

machado

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido,
ya conocéis mi torpe aliño indumentario,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Converso con el hombre que siempre va conmigo,
quién habla solo espera hablar a Dios un día;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Es una de las biografías que más me gustan. De vez en cuando acudo a los versos de Antonio Machado, cuando necesito un poco de serenidad.

José Lozano

 
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AYUDAR A LOS REFUGIADOS

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En Siria está teniendo lugar una guerra terrible en la que la población civil está sufriendo los bombardeos y los disparos de los dos bandos en conflicto. Para no perecer en esta tragedia abandonan sus hogares con lo puesto y con los niños pequeños en brazos. Atraviesan Turquía, se embarcan en balsas neumáticas camino de las islas griegas y posteriormente llaman a las puertas de la Unión Europea. Los europeos debemos ayudarles porque:

-Clama al cielo ver como mueren en el mar en un goteo interminable, a bordo de frágiles embarcaciones llenas hasta rebosar de hombres, mujeres y niños.

-Cuando los españoles sufrimos la guerra civil de 1936- 1939, otros paises nos ayudaron.

-Los niños y niñas no tienen la culpa de los errores de sus mayores.

-La aportación que tendrían que hacer el conjunto de los paises europeos es perfectamente asumible.

-Cuando acabe la guerra volverán a su tierra porque a todo el mundo le gusta vivir en su patria y no en el extranjero

Por ello creemos que la crisis de los refugiados es un problema de todos y deberíamos dar una respuesta solidaria y conjunta que haga más llevadera la pesada carga que padece la población siria.

José Lozano

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El Ayuntamiento organizó un concurso de postales navideñas

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El ayuntamiento de Puerto Serrano, a través de su concejalía de fiestas, organizó las pasadas navidades un concurso de postales navideñas entre los centros educativos de la localidad, que lo acogieron favorablemente.

El citado concurso iba destinado a todos los niveles, tanto de Infantil como de Primaria y la técnica a utilizar era libre y tampoco había que adaptarse a un formato determinado.En cada centro se elegirían los tres mejores trabajos que serían premiados con un lote de libros, por parte del Ayuntamiento.

Los alumnos y alumnas, que voluntariamente quisieron participar, se esforzaron con entusiamo por realizar un buen trabajo.Se utilizaron distintas técnicas, desde el dibujo coloreado con rotuladores o ceras, hasta el colage.Algunos y algunas agudizaron el ingenio y vimos desde muñecos de nieve de algodón hasta postales que se abrían y guardaban en su interior inesperadas sorpresas.

En nuestro centro obtuvo el primer premio una alumna de 6ºB, por un dibujo creativo en el que,por una vez, la utilización del tipex logró una buena recreación de una paisaje nevado. El segundo premio fue para un alumno del aula específica de educación especial, por un colage muy elaborado que representaba a Papá Noel y sus ciervos. El tercer premio recayó en una alumna de cuarto de Primaria que sorprendió con una postal, que al abrirla mostraba varios detalles llamativos y curiosos.

El 23 de diciembre, último día de curso antes de las vacaciones, la concejala de fiestas y el director del centro entregaron los premios a los agraciados y les hicieron fotos, que la concejala prometió colocar en el próximo libro de feria.

José Lozano

 

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Entre las cenizas

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Ya se había acostado todo el mundo. Los dormitorios fueron ocupados primero por los más pequeños de la casa, no sin alguna protesta por su parte y, poco a poco, los adultos fueron desapareciendo del comedor y ocupando su sitio en cada lecho.

En la calle silbaba el viento entre los árboles y comenzaba a caer agua nieve. Los perros se habían cobijado entre el primer bálago del almiar y la paja derramada. Apretujados unos contra otros se proporcionaban el calor necesario para pasar la noche a la intemperie.

Cuando las luces fueron apagadas y todo el mundo dormía, alguien repitió la acción que llevaba efectuando desde que comenzó el invierno: se acercó sigilosamente al hogar de la chimenea y se enterró entre las cenizas del antiguo fuego, que ya no quemaban, pero guardaban un calorcito reconfortante. Pronto comenzó a ronronear y se quedó profundamente dormido.

Le despertó un ruido de pasos.Alguien andaba en la cocina y se acercaba al comedor.El dueño de la casa, el padre de familia, andaba desvelado, deseaba fumarse un cigarro, pero no encontraba el mechero por más que se buscaba entre todos los bolsillos y tanteaba por encima de los muebles. Al mirar hacia las cenizas de la chimenea descubrió dos ascuas que brillaban incandescentes en la oscuridad. Cogió las tenazas e intentó coger una de aquellas ascuas.

Todo ocurrió en décimas de segundo. El gato profirió un enorme bufido y al saltar cayó sobre el pecho del hombre que asustado saltó a su vez lateralmente, chocando con la alacena que se vino abajo entre un monumental estruendo de cacerolas y sartenes rodando por el suelo. Todas las luces se encendieron, gente adormilada se asomaba al comedor y contemplaba al padre que, cubierto de ceniza, tenía un arañazo en la mejilla del que manaba un hilillo de sangre.

-¿Qué te ha pasado papá?-preguntó el más pequeño.

-La bruja de la chimena que me atacó y ha salido volando con su escoba por la chimenea.

El pequeño abrió mucho los ojos, miró a su padre, sonrió, se agarró al camisón de su madre y bostezando volvieron todos a la cama entre medias burlas y sonrisas.

José Lozano Cantón

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